“El domingo recibí una llamada de mi sobrino que me preguntó si podía ver a una chica cuñada de su jefe, que estaba en el hospital. Le dije que podía verla pero más que nada para orientarla pensando en derivarla.

Bien, fui a verla el lunes ya que me volvieron a llamar. Llevaba días hospitalizada con la mirada perdida y no podía mirar a la cara porque le daba miedo. Entré, la vi, me encomendé a Dios y le comencé a hablar. La niña de 22 años no comía no hablaba nada por eso estaba hospitalizada.

Entré le comencé a hablar con todo lo que aprendí de ADABA, la observé y obvio pude captar una estructura en su cara. Ella no gesticulaba, no podía hablar.

Le saqué la estructura porque me molestaba, en su cara y su cabeza. Y aquí pasó lo increíble: la chica comenzó a sonreír, como que despertó, habló, comió y pidió ducharse. Yo misma estaba impresionada y las enfermeras preguntaban quién era yo, que cómo lo había hecho.

Al día siguiente le dieron el alta, y en la tarde ya estaba jugando en el parque con su hija.”