«Si las puertas de la percepción se abriesen, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito»
(W. Blake)

Adaba sustenta su método en el examen acucioso del aura, con lo que se aleja de las técnicas de sanación que operan bajo el paradigma del “sanador ciego”. Que el sanador sea “ciego” quiere decir que, aún cuando su técnica trabaje sobre “lo energético”, no realiza un examen directo en este aspecto; a lo más, recurre a una entrevista, a instrumentos, pero no a su percepción sensorial de la energía. Adaba no está en contra de los métodos indirectos, que bien administrados pueden entregar valiosa información. No obstante, el examen del campo energético realizado por los propios sentidos de percepción sutil es lejos, la forma más directa de descubrir lo que al paciente le ocurre en la intimidad de su Alma. Nos entrega información fresca y directa de lo que está ocurriendo con él en ese instante, de sus conflictos, su dolor, sus mecanismos de defensa/adaptación, sus patrones emocionales, e incluso sus recursos y fortalezas. También es posible –entre otras cosas- acceder a información sobre vidas anteriores del paciente, o conectar con Guías y seres de luz que participan y prestan asistencia en el proceso sanador (tal como ya ha sido documentado por reconocidos sanadores como Barbara Brennan).

El punto esencial es –por tanto- el desarrollo de la sensibilidad, lo cual a algunas personas les resulta muy difícil mientras a otras se les da de manera innata. Y hay quienes creen que les será muy difícil porque asumen que nunca han captado nada, pero que luego se sorprenden al constatar que sí tienen la habilidad.
La habilidad de ver auras (percepción visual) y la habilidad de sentirlas (percepción kinestésica a través de las manos) suelen ser las formas más comunes con las que cuenta el sanador de Adaba a la hora de evaluar la realidad energética de un paciente. Muchas personas incluso descubren que sentir auras con las manos (y con el resto del cuerpo) –que podría entenderse como un “ver” a través de las manos- les es mucho más fácil que percibirlas con los ojos. Y de lo que se trata no es sólo percibirlas globalmente, sino de además –lo más importante- poder determinar las formas y estructuras particulares que presenta. Ya sean estructuras creadas por el propio sujeto, ya sean roturas o vacíos, parásitos o lazos con “entidades”, ya sea toda una variedad de formas ubicadas en frecuencias distintas del campo, estas formas poseen dimensiones y características únicas cada una. El trabajo de discriminarlas es fundamental, y le exige al sanador Adaba un grado de experticia y desarrollo que no se ve en otras técnicas.

En cierta forma todos tenemos la capacidad de aprender a percibir campos energéticos y la limitación más grande es quizás el que nuestro cerebro no ha sido debidamente entrenado para hacerlo. Es como el oído musical, que si no se lo entrena ex profeso, es normal que las personas sean incapaces de saber si un sonido está afinado o desafinado, o si es más grave o más agudo. Nuestra cultura –en ese sentido- no ha hecho un gran esfuerzo por fomentar la sensibilidad frente a las percepciones sutiles. Hasta hace poco, ni siquiera existía consciencia de la importancia de percibir nuestras propias emociones (cosa que pone de relieve Daniel Goleman en su obra “La Inteligencia Emocional”). De esta manera, si nuestro cerebro no establece redes neuronales capaces de integrar la información que recibe, ésta no se procesa y el fenómeno perceptivo pasa inadvertido. Por si fuera poco, cuando no hay palabras y/o no es posible comunicar lo que se está sintiendo (con el respectivo feedback), tampoco es posible llegar a definir una percepción. Recordemos que la realidad se construye socialmente: cuando vemos que el otro percibe o siente parecido, decimos “ok, eso es real”.

Dadas estas dificultades, cuando se trata de examinar auras, resulta de gran ayuda para el aprendiz, tener un guía o profesor (o por último, un manual) que lo vaya conduciendo, y ordenando y conceptualizando sus percepciones. En el caso del oído musical, si alguien –con un buen profesor- se entrena en diferenciar los sonidos, paulatinamente va creando redes neuronales en su cerebro, y comienza a escuchar diferencias que ahora le parecen inconfundibles. Entrenar la percepción del campo áurico se desarrolla de la misma forma. El que hace de profesor le dice al alumno: “mira, esto es una herida; esto otro, una estructura…” y va preguntando “¿tú qué ves acá? ¿qué textura percibes?”. Entonces la percepción se torna tan definida que el aprendiz sabe que no puede tratarse de autosugestión; que el objeto que aparece ante él es plenamente real.

El siguiente es el relato de un alumno de Sanación Adaba que relata su primera experiencia percibiendo estructuras siendo guiado por Sofía Vera (sanadora que desarrolló la técnica):

«Recuerdo la primera lección con Sofía, cuando me puso frente a una chica (que estaba sobre la camilla), y me indicó que estirara ambas manos hacia delante con las palmas hacia abajo, a 80 cm sobre la joven. Me dijo: “ahora anda bajando las manos lentamente, muy suave y fíjate cómo va cambiando la sensación en la medida en que se acercan a la paciente”. “Se pone cada vez más denso” –le indiqué- “…es como si hubiera una resistencia”. “Exacto,” –acotó- “estás percibiendo las distintas capas del campo energético, y ahora anda probando en distintas partes: sobre el pecho, después sobre el cuello, el vientre…, a ver qué notas”. Así lo hice y comencé a distinguir leves diferencias en la sensación de mis manos; justo en la zona sobre el abdomen estaba más compacto, como si hubiese “algo”. Mientras más me concentraba y “entraba en sintonía” con el campo áurico de la chica, más podía sentir que lo que había bajo mis manos era un bulto “sólido”, que ejercía una leve resistencia al avance de mis manos. Entonces Sofía me indicó: “Eso que sientes allí, es una estructura, y se la vamos a sacar, porque es una estructura que le bloquea el tercer chakra, el de la voluntad. Así ella va a andar más liviana, y va a poder llevar a cabo sus proyectos, porque esta estructura hace que se sienta estancada”. Acto seguido, la tomó entre sus manos y la sacó, como quien toma un ladrillo y lo levanta suavemente, para alejarlo del cuerpo de la paciente.»

Por lo general, al principio las sensaciones suelen ser más bien vagas, pero la práctica hace que de a poco empiezan a ser más y más detalladas, hasta volverse inconfundibles. El aprendiz a menudo pide el invaluable feedback de los propios pacientes, que le van señalando lo que sienten cada vez que examina y manipula sus auras. Eso es en sí una prueba del nivel de objetividad del método; de hecho, la conversación entre varios sanadores observando un mismo paciente es similar a la que pudiera darse entre varios médicos que dan su opinión frente a alguien que yace en la camilla de operaciones. Por supuesto, no todos captan las cosas de modo idéntico; a menudo sus percepciones tienen matices distintos y lo interesante es ver cómo esa mirada múltiple enriquece cualquier diagnóstico.

La percepción fina del aura es un arte y una capacidad que puede tardar años en desarrollarse adecuadamente, y tiene que ver tanto con la práctica, como con el propio proceso de sanación. Se ha hablado mucho en la literatura, de que el desarrollo de ciertos chakras activa la percepción sutil, y aunque la afirmación es verdadera, si el chakra está bloqueado por algún tipo de energía o estructura negativa, ¿cómo podría percibir adecuadamente? Antes de abrir la percepción es usual que haya que trabajar sobre los propios bloqueos, las propias estructuras y los propios miedos que nos condicionan y relegan a este nivel donde lo material nos parece ser lo único real.

Al respecto es importante señalar que en Adaba, el fenómeno perceptivo global se enmarca en un proceso más amplio que llamamos “sintonizar”. Lo que hace nuestro cerebro al disponerse para la percepción del aura se asemeja mucho a un músico que afina su propio instrumento para estar perfectamente acorde con el resto de la orquesta. Al poner atención a estímulos apenas perceptibles, se da un proceso de calibración donde los sentidos se agudizan y todo el ser individual adopta una actitud sensitiva y receptiva. Sintonizar es “entrar en la frecuencia” y es como buscar el punto exacto en el dial, donde un aparato de radio es capaz de traducir la señal en sonidos definidos. Todos tenemos ese dial interno con el que somos capaces de “sintonizarnos” hasta llegar a la frecuencia adecuada.

Desde una perspectiva energética, lo anterior implica que los campos áuricos del paciente y del sanador se conectan entre sí, en un fenómeno de “empatía”. A menudo, al aproximarse a un paciente y sintonizar con “su frecuencia”, el sanador logra saber qué experimenta el paciente y dónde, sintiéndolo el mismo en su propio cuerpo. Si –por ejemplo- siente una pesantez en su cabeza, puede llegar a suponer que el paciente tiene también “algo” en la cabeza. Como herramienta diagnóstica resulta maravillosa, pues permite saber perfectamente por dónde comenzar a examinar.

Igual que un ciego de nacimiento que consigue desarrollar la vista, el desarrollo de la percepción abre las puertas de un universo nuevo. Donde antes no había nada, ahora aparecen objetos, cuerpos y realidades que configuran un mundo ahora muy poco explorado. Esto recuerda el Renacimiento, donde hombres de la talla de un Leonardo, de un Vesalio o de un Paré, desafiaron las creencias hasta entonces y –considerando el cuerpo humano como un territorio virgen a estudiar- desarrollaron los primeros tratados científicos (y prácticos) de anatomía y medicina. En base a mucha observación, describieron los órganos del cuerpo humano, estudiaron su funcionamiento y llegaron a desarrollar métodos que enriquecieron el conocimiento médico hasta entonces.

Hoy muchas corrientes de la salud “alternativa” nos enseñan que la enfermedad, el sufrimiento y el malestar, físico y psicológico, poseen un correlato a nivel energético. Pese a lo correcto de la afirmación, el problema radica en que dicho nivel permanece poco explorado y –con esto del “sanador ciego”- existe muy poca literatura que enseñe de modo concreto cuáles son los aspectos esenciales que lo componen. Por lo común, los libros sobre el aura (salvo algunos como los de Barbara Brennan) se quedan en un nivel más bien general, abstracto, “espiritual”, y si bien entregan información útil, no entran a describir de manera acabada, estructural y práctica la anatomía del aura enferma. Adaba hace la diferencia.